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Miguel, J.P y yo caminábamos de noche por el paseo marítimo de Benidorm cuando rompió a llover con fuerza. A los pocos segundos estallaba un castillo de fuegos artificiales en la arena de la playa.
-¡Jajajajaja! –Rompimos a reír.
Era gracioso ver caer tal aluvión mientras estallaban aquellos fuegos de artificio, por ello nos sentamos a verlos. Había mucha gente allí a pesar de la lluvia.
Diversos fuegos de distinta índole se sucedían unos a otros hasta que llegaron unos que llamaron gratamente la atención del público. Aquellos cohetes tenían una hélice que les permitían descender muy lentamente. De repente empezaron a acercarse al público rozando incluso algunas cabezas. Miguel y yo nos refugiamos tras una columna, pero J.P permaneció allí sentado, absorto al observar tal espectáculo. Una hélice pegó en un anciano que se sentaba junto a J.P, fue entonces cuando se levantó al ver al peligro que se exponía.
Nos fuimos de allí, ya no nos divertíamos. Fue entonces cuando nos cruzamos con Bea, la amiga de Carmen, mantuvimos una corta conversación que finalizó así:
-Eso de ser gracioso es pura química ¿Verdad? –Espetó la pizpireta Bea.
Seguimos paseando, había mucha gente. Miguel empujó ligeramente a un hombre de rasgos asiáticos y seguimos caminando. Al rato un joven asiático, que parecía ser el hijo del anterior, se situó junto a mí y me presionó reiteradamente con el codo en mi costado, hecho que me enervó hasta tal punto que cogí al joven por el cuello. Mientras tanto a Miguel lo rodeaban dos mastodontes de raza negra y aquel hombre al que empujó, de forma que solo podía seguir el camino que las dos columnas le dictaban. Lo estaban raptando.
-¡Policía!¡Policíaaaaaaaaaaa! –Grité.
-¡Jajajajaja! –Rompimos a reír.
Era gracioso ver caer tal aluvión mientras estallaban aquellos fuegos de artificio, por ello nos sentamos a verlos. Había mucha gente allí a pesar de la lluvia.
Diversos fuegos de distinta índole se sucedían unos a otros hasta que llegaron unos que llamaron gratamente la atención del público. Aquellos cohetes tenían una hélice que les permitían descender muy lentamente. De repente empezaron a acercarse al público rozando incluso algunas cabezas. Miguel y yo nos refugiamos tras una columna, pero J.P permaneció allí sentado, absorto al observar tal espectáculo. Una hélice pegó en un anciano que se sentaba junto a J.P, fue entonces cuando se levantó al ver al peligro que se exponía.
Nos fuimos de allí, ya no nos divertíamos. Fue entonces cuando nos cruzamos con Bea, la amiga de Carmen, mantuvimos una corta conversación que finalizó así:
-Eso de ser gracioso es pura química ¿Verdad? –Espetó la pizpireta Bea.
Seguimos paseando, había mucha gente. Miguel empujó ligeramente a un hombre de rasgos asiáticos y seguimos caminando. Al rato un joven asiático, que parecía ser el hijo del anterior, se situó junto a mí y me presionó reiteradamente con el codo en mi costado, hecho que me enervó hasta tal punto que cogí al joven por el cuello. Mientras tanto a Miguel lo rodeaban dos mastodontes de raza negra y aquel hombre al que empujó, de forma que solo podía seguir el camino que las dos columnas le dictaban. Lo estaban raptando.
-¡Policía!¡Policíaaaaaaaaaaa! –Grité.
-FÍN-

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